Aquí esta el segundo que salió....
Me quedé dormido otra vez... Desperté frente a la ventana con la cabeza apoyada en los brazos. El día estaba fresco y nublado. Y la ventana abieta. Gripe segura. La segunda vez en tres meses... Me moví un poco para deshacerme del dolor de riñones que siempre me deja el dormir sentado y volteé hacía el escritorio. Aún tenía media taza de café frío y media galleta. No quise tocarlos, en lugar de eso tomé un plátano y una mandarina para regresar a terminar con la pila de exámenes. Debí calificarlos sin cuartel y dejarles al menos treinta páginas del libro como tarea para vacaciones. Grupo de desobligados. Pero no pude. Estaba cegado por Julieta.
Un día la vi pasando por la ventana, desde entonces moví mi escritorio esperando que en una de esas pasara y poder saludarla. No la he vuelto a ver por la casa. De cualquier forma la veo diario en la escuela. Es diez años más chica que yo, pero si me rasuro paso por alguien de su edad. De verdad, no tiene mucho que fui a comprar cervezas y hasta me pidieron mi credencial. Bueno, no es el punto. Debería preguntarle donde vive, no directamente, tal vez ofrecerle una asesoría...
No tardó mucho en ser la junta de calificaciones, ahí conocí a sus padres: Lorena y Javier. Lindos tipos. Si supieran lo que pasa por mi mente cada que la veo me lapidarían. Les caí simpático y me invitaron un café en su casa. La casa en cuyas habitaciones se pasea diariamente Julieta. Imaginé como estaría ella vestida normalmente y en cuanto estuve frente a la puerta intenté alejar esos pensamientos de mí. Estaba nervioso, ella no sabía nada e imploraba que sus padres no se dieran cuenta.
Cuando entramos un pantalón ancho color crema con cuadros rosas y un largo camisón caqui con una florecilla en el pecho vestían su delicada humanidad. Entonces salió un muchacho, apenas un par de años mayor que ella. Sonriente, cual si la vida le acabase de obsequiar uno de los dones más preciados. Por un momento temí lo peor, pero pronto nos presentaron. Se trataba de Román, su hermano.
Me hablarón maravillas del chico. Ibá a la misma escuela que su hermana y yo. Era alumno de excelencia y tomaba un curso avanzado de francés por la tarde. Los fines de semana los ocupaba en toda una gama de actividades que ibán desde inglés hasta patinaje sobre hielo. Aprovecharon la ocasión para invitarme a su próxima presentación en la pista cerca de cuatro caminos y por supuesto acepté. Cualquier cosa por estar con ella.
La vería de nuevo. Me sentía transportado. ¿Qué debía usar? Como maestro, era normal ir de traje y hasta los lentes hacían parte de mi presencia. Pero aquel día no quería estar formal, tampoco ir en fachas. Opté por un pantalón de vestir, playera polo, un suetercillo y lentes de contacto. Debo decir que me veía muy bien. Creo que eso fue lo que desató todo aquello, debí haberme dado cuenta antes. Pero no sucedió y ahí estuve como idiota en primera fila junto a Julieta, sin poder mirala a los ojos y sin poder tocarla, viendo como su hermano daba de volteretas por la pista. Al terminar, extrañamente el chico se me acercó, me abrazó, y con una voz muy suave me dijo “Pudo venir”. Lo tomé por los hombros y sonreí obligadamente. Lo felicité por su presentación y me despedí de la familia.
La había tenido a mi lado y eso me llenba de dicha. Ella era todo...
Durante una semana no pasó nada, Julieta se enfermó de varicela, pero estuvé pegado a mi ventana como ya era costumbre. Ansiaba verla, pero no sucedía. El viernes Román llegó a pedirme la tarea de su hermana. Se la di, orando que un pedazo de mi alma le llegará en las hojas impresas y que al fin se diera cuenta de lo que sentía por ella. El chico me pregunto algo de un tema que el estaba viendo, le contesté lo poco que pude recordar al respecto y para mi sorpresa me pidió una asesoría. Le dí mi horario de atención de las tardes en la escuela y le dije que fuera cuando quisiera. Que tonto fui. El lunes en cuanto empezó el horario vespertino ya lo tenía parado frente a mí.
Iba todas las tardes. Más que a preguntar a presumirme sus grandes conocimientos en MI área. Al principio lo sentí como una afrenta. Pensé que era su modo de demostrarme lo poco que era yo para Julieta y me preparé cada vez mejor para hacerle frente.
Dos semanas después de la primer asesoría de Román Julieta regresó, con su dulce cara ahora marcada para siempre por un par de cicatrices. No me buscó para regularizarse. En lugar de eso su hermano insistía en visitarme diariamente. En querer restregarme lo mejor que el era en un campo que se suponía que yo dominaba.
Tras tres días del regreso de mi adorada no pude soportarlo más y por fin le pregunté al cretino. “¿Bueno, tú qué quieres?, ¿soy tu burla o qué?”. Él me miró muy serio, como si mis palabras lo hubiesen condenado a muerte. Yo esperé su respuesta cruzado de brazos y el salió corriendo. Pensé que el niño necesitaba atención. Seguró Julieta era la consentida y eso lo hacía sentirse ignorado y buscaba de alguien.. ¿Pero eso quería decir que verdaderamente se había dado cuenta?¿Había logrado notar...? No, no podía ser, yo había sido muy discreto...
Al día siguiente esperé con miedo el momento de su llegada. En cuanto lo vi decidí actuar seriamente y no dejarme llevar. Pero las ansías me consumían por dentro. Se paro frente a mi mirando al piso, con la misma actitud de la última vez que lo vi y extendiendo su mano me acercó un papel doblado en cuatro partes. Lo abrí y ahí estaba, en una letra muy distinta a la de Julieta la terrible frase que, de ser divulgada, significaría mi expulsión inmediata de la escuela. En letras negras, largas y onduladas estaba escrito: “Quiero todo contigo”.